Oscar Del Rivero

Reportero Internacional

La Antártida y el Polo Sur

En 1970 Óscar del Rivero llegó al Polo Sur geográfico y pisó el punto donde convergen todos los meridianos de la Tierra, a los 90° de latitud sur.

El entorno era extremo. Temperaturas cercanas a los 45 grados bajo cero y una plataforma de hielo de más de dos mil metros de espesor cubrían un continente de dimensiones descomunales, que concentra la mayor reserva de hielo del planeta.

Décadas antes, en 1911, el explorador noruego Roald Amundsen había alcanzado ese mismo punto. Poco después lo haría la expedición británica encabezada por Robert Falcon Scott, cuya travesía terminó en tragedia durante el regreso. La Antártida conservaba —y conserva— esa condición de territorio límite.

La llegada de Del Rivero se dio en el contexto de una expedición científica internacional, en un momento en que el continente comenzaba a ser observado no solo como desafío geográfico, sino como espacio clave para comprender el equilibrio del planeta.

De esa experiencia surgieron diversos reportajes en los que se abordaba, de forma temprana, un tema que aún no ocupaba la agenda global: el impacto del calentamiento de la Tierra sobre los hielos antárticos.

En uno de esos textos se planteaba una posibilidad entonces lejana: que el deshielo del continente pudiera elevar de forma significativa el nivel de los océanos, alterando la geografía de ciudades y países enteros.

Con el paso del tiempo, esas observaciones adquirieron otra dimensión. La Antártida dejó de ser únicamente un territorio remoto para convertirse en un indicador sensible de los cambios globales.

Durante ese mismo periodo, se planteó también la necesidad de que más países participaran en los acuerdos internacionales sobre el continente, con el fin de acceder al conocimiento científico que allí se generaba. Hoy, la investigación antártica forma parte de una red internacional mucho más amplia.

A pesar de su dureza, la Antártida sigue siendo un espacio singular: un territorio destinado a la investigación y a la cooperación, donde no prevalecen fronteras tradicionales.

Entre las experiencias más recordadas de aquel viaje está el recorrido alrededor del punto que marca el Polo Sur. Al trazar un círculo en ese lugar, es posible atravesar en unos cuantos pasos todos los meridianos del planeta: una forma simple y concreta de “dar la vuelta al mundo” en segundos.

El trayecto completo, desde la Ciudad de México hasta ese punto extremo, implicó un recorrido de más de 45 mil kilómetros.

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